Publicado en la Revista Pastoral Popular, Octubre de 2007.

Cada vez es mayor el desapego que siente la sociedad chilena (y muchas otras sociedades del mundo) por la política. Las elecciones demuestran que el número de ciudadanos que ya no se identifica con ninguna tendencia política crece día a día produciendo cifras que se abultan de votos blancos y nulos. Los partidos políticos ya no son un referente importante para las personas, especialmente para la juventud1, y menos se identifican con la democracia que estos grupos políticos ponen en movimiento.2

Luego de algunos años de haber regresado a la democracia, la Transición ha depositado en muchos chilenos una sensación subjetiva sobre la política que el Informe del PNUD del año 1998 denominó malestar. Las ideas e imágenes que nos indican qué debemos esperar de la política, no coinciden con lo que estamos apreciando en la realidad. Nos encontramos con transformaciones económicas, culturales y sociales tan enormes que los referentes ideológicos resultan añejos; el espacio político nacional resulta insuficiente, una limitación, para resolver problemas globales. Este cúmulo de problemas, unido al aumento de la precariedad, del riesgo, en la vida personal y familiar, producen el malestar con la política.

 

Sin embargo, este trabajo no es precisamente sobre política, sino sobre Iglesia. Esta introducción era necesaria porque las preguntas que conducirán mi reflexión son las siguientes: ¿es posible comparar esa sensación de malestar con la política con la situación actual de la Iglesia? ¿Es posible hablar de un malestar con la Iglesia?

A continuación examinaremos los elementos que producen la actual situación de la Iglesia a partir de las categorías de análisis con que ha explicado la situación política el PNUD3.

 

  1. Nuestra experiencia subjetiva de la Iglesia

La transición política chilena ha afectado también a la Iglesia. El paso de la dictadura a la democracia hizo que ésta transitara a un espacio más conservador y menos público.4

Una primera imagen subjetiva que tengo de la Iglesia es su identificación con la Vicaría de la Solidaridad, con la defensa de la justicia y de los derechos humanos. Sin embargo, ahora, en puestos importantes de la Jerarquía están personajes como Medina, Moreno o Bacarreza, fuertemente vinculados a “la obra” de Pinochet.5

Es posible decir que a través de las reflexiones del Vaticano II, los documentos del CELAM, y también algunos documentos elaborados por nuestra Conferencia Episcopal Chilena, la Iglesia ha hecho una promesa para avanzar más fielmente hacia el Reino de Dios, poniendo su empeño en la liberación del ser humano en este mundo. La idea actual que tengo de la Iglesia surge de la comparación entre esas palabras y sus actos. Las décadas pasadas generaron muchas expectativas de coherencia evangélica, opción por los pobres y denuncia profética de la injusticia social y política. La situación actual está marcada por el olvido, promovido por el auge conservador de la jerarquía; y que se contrapone a las necesidades de las personas en el mundo. En vez de indicarnos la forma de vivir nuestra fe en el mundo, la jerarquía se preocupa de dejarnos muy claro que vivencias nos conducen al pecado, y lo que no tenemos que hacer. Pero los laicos no reciben acríticamente estos mensajes:

 

“La iglesia católica siempre ha sido muy poderosa dentro de Chile, la gente se aburrió un poco de que le estén diciendo siempre lo que tiene que hacer.”

“Yo creo que lo que se cuestiona la gente es como lo que rige la iglesia católica, como que la fe no se ha perdido…”

“Yo creo que la iglesia está muy atrasada; son anacrónicos, no están en función de los tiempos. Siempre están a mayor distancia.”6

 

Efectivamente, lo primero que nos molesta de la Iglesia es la forma de mirar el mundo, los mapas de otras épocas con los que transita por el presente.

    1. Peregrinar con mapas de otras épocas

Norbert Lechner desarrolló el concepto de mapa para hacer referencia a la pérdida de orientación de la actividad política. Señala lo siguiente:

 

“Hablo de mapa para referirme a la forma en que nos representamos la realidad social. Construimos mapas mentales para hacernos ideas del mundo y ordenar la complejidad de los asuntos humanos en un panorama inteligible. Pues bien, parece que los mapas en uso se han vuelto obsoletos. Las cosas han cambiado de lugar, las escalas son otras, los límites se desplazan y para colmo los tiempos ya no son los de la hora marcada. Por mas detalles que agreguemos a nuestros viejos mapas, no recuperaremos las proporciones perdidas. Peor aún, nos dan una falsa confianza que lleva al extravío. En suma, existe un desfase entre los mapas con los cuales trabaja la política y la realidad social. De ahí, en buena parte, la distancia que separa la experiencia cotidiana de los chilenos del sistema político.”7

Todos necesitamos peregrinar por este mundo donde cada vez resulta más difícil desplazarse debido a las grandes transformaciones económicas, sociales y culturales. Evidentemente, en una sociedad secular se espera que la orientación para moverse venga de la política, aunque también los creyentes esperan que sus iglesias les ayuden a peregrinar por estas nuevas geografías morales, por nuevos paisajes de pecado e incertidumbre, por océanos de confusión cultural.

La Iglesia católica jerárquica privilegia, en cambio, la negación de estos nuevos paisajes, y fomenta el uso de mapas antiguos, universalistas y uniformantes como los del Opus Dei o Schönstatt.

 

“Lo que realmente tiene lugar es un impetuoso movimiento de <<desinculturación>>. Los nuevos movimientos espirituales son en su mayoría, de origen e inspiración norteamericana o europea (…) Estamos asistiendo a una <<desinculturación>> abrumadora.”8

 

Es decir, debemos negar lo que vemos, una transformación evidente del paisaje, para asumir un único camino hacia la salvación, perfecto, no modificable, inmortalmente verdadero: un mapa ideológico – teológico que está escrito en tiempo pasado.

Por otro lado, el mapa que por mucho tiempo dirigió el discurso progresista, el de la teología de la liberación, también resulta insuficiente para la época actual. En muchos casos las denominaciones de la geografía social y política que propone la teología de la liberación han pasado al olvido o se miran con recelo luego del triunfo del capitalismo. Además, el mapa progresista suele ser muy local, permite mirar el entorno Latinoamericano pero sin ningún referente que nos muestre la proporción de nuestras creencias respecto de Europa, Asía o Africa, por ejemplo.

Si la Iglesia nos sigue diciendo que la Tierra es plana y el centro del universo, no nos ayuda a vivir en este mundo; redondo, interconectado y muchas veces virtual.

 

2.2 Reestructurando los límites de la Iglesia

Una necesidad social esencial es tener un espacio tanto físico como simbólico para desenvolverse. Esos espacios que el sentido común nos indica permanentes y estables, están, como señala Hanna Arendt en La Condición Humana, en permanente transformación. Tanto el trabajo como la política, la religión, la intimidad familiar modifican permanentemente sus límites sociales, ampliando o reduciendo el espacio que ocupan.

De esta forma se establece lo que se puede y no puede hacer en público. Los límites le dan estabilidad a la vida social, aunque en muchos casos puede llegar a transformarse en anquilosamiento. Creer por ejemplo, que el espacio político siempre ha sido así, lleva a los políticos a actuar rígidamente, a pensar de acuerdo a una concepción de los espacios sociales que ya puede haberse transformado (y ser menos favorable para ellos). Lechner señala que:

 

” Por un lado, se visualiza a la política como instancia privilegiada de coordinación social y, por lo tanto, se le exige una intervención activa en otras áreas como economía, derecho, educación. Por el otro, sin embargo, dichos campos se rigen más y más por racionalidades específicas, por lo que la política encuentra dificultades en imponerles determinada normatividad. (…) En esta situación de fronteras difusas y en constante mutación, la política tiene dificultades evidentes en cumplir una de sus tareas tradicionales: fijar límites (delimitar el ámbito del mercado, de las conductas lícitas e ilícitas, etcétera). Los mismos límites entre lo político y lo no político se hacen confusos.”9

 

La situación de la Iglesia también puede interpretarse como un problema de inadaptación al espacio que se ocupa en sociedad. El espacio que ocupa la jerarquía de la Iglesia, ha ayudado a establecer lo que es correcto e incorrecto para los creyentes. Sin embargo, cada vez más nuestras experiencias de vida se hacen más independientes de reglas valóricas y morales fijadas por la jerarquía y que no entran dentro de nuestro espacio de influencia. Todos los domingos los sacerdotes en sus homilías intentan fijar límites al comportamiento de los católicos, sin embargo, lo que sucede en realidad, es que el comportamiento de los católicos es fijado por quienes ocupan los espacios simbólicos más dominantes en la actualidad: los medios de comunicación como instrumentos del mercado. Son ellos los que establecen que el comportamiento valórico más aceptable está ligado al consumo, al individualismo, al exitismo. Debido a los enormes recursos pirotécnicos de los medios de comunicación, el poder de convencimiento y la visibilidad de sus orientaciones es mucho más fuerte que la humilde prédica dominical.

La Iglesia pretende aparecer en los medios, pero no tiene la fuerza ni los recursos para moldear su propia imagen. No aparece como quiere, sino como la muestran. La relevancia mediática de los “curas pedófilos” demuestra lo anterior. Por otro lado, hay intentos de transformar las vivencias de la Iglesia en experiencias mediáticas, un gran espectáculo que puede ser visto por internet o las grandes cadenas de televisión internacionales. Vivencias como el Encuentro Continental de Jóvenes o la transmisión en directo de la beatificación de Escribá de Balager, vacían de contenido valórico a la Iglesia y la transforman en una sensación. Cuando la experiencia sensitiva pasa, viene el olvido y la necesidad de generar otra experiencia que reemplace a la anterior. La lógica del olvido, desde mi perspectiva, no tiene nada de cristiano. La lógica de las sensaciones mediáticas, amplía el campo de influencia de la Iglesia, pero reduce su apego al Evangelio.

El aspecto esencial de la transformación de los límites de la Iglesia, sin embargo es otro: el de la relación intra – extra eclesia. La discusión teológica que desembocó en el Concilio Vaticano II fue la necesidad de la Iglesia de relacionarse con lo extra, con el mundo, proceso en el que se pasó desde una negación total del mundo hasta la aceptación de la necesidad de dialogar con él, establecida en el Concilio y que hoy está siendo olvidada o “subvertida” por la Curia Romana10. De esta apertura al mundo surge una división del mensaje de la Iglesia en dos: una teología para la Iglesia, estable y permanente, y otra para el mundo, que se adapta al contexto histórico. Señala Comblin:

 

“…por una parte la doctrina religiosa de la cristiandad, inspirada en la escolástica y, por otra, la doctrina social de la Iglesia, también inspirada en la escolástica, pero además, en la experiencia de la vida social contemporánea. Se afirma que la primera doctrina es fija e inmutable, mientras que la segunda, se va enriqueciendo a medida que aparecen nuevas situaciones sociales que crean nuevos desafíos y provocan nuevas respuestas.”11

 

Para mí resulta evidente que el desafío presente para la Iglesia es la transformación del espacio intra, que pasa necesariamente por la modificación de esa doctrina que se ha creído desde tiempos inmemoriales, inmutable.

Es necesario modificar el espacio que ocupan los laicos dentro de la Iglesia, silenciados y marginados, sólo se pueden limitar a una participación pasiva. Deben, por el contrario, ser formados teológicamente, ser formados en la necesidad del conflicto social para la generación de cambios, deben ser formados en una visión más crítica, más humana del clero y de la jerarquía, a los que muchas veces respetan más que al mismo Jesucristo.

Es necesario modificar el espacio que ocupan las mujeres dentro de la Iglesia. Ellas, pilares de la Iglesia, también han sido relegadas y silenciadas. Deben ser formadas teológicamente, asumiendo el papel más central y activo que les corresponde por derecho dentro de la Iglesia. El sufrimiento y la abnegación de tantas mujeres y madres que día a día se sacrifican por sus hijos es mejor testimonio cristiano que cualquier discurso proveniente de la jerarquía.

Es necesario modificar el espacio que ocupan los jóvenes y los niños dentro de la Iglesia. Sobretodo después de los recientes conflictos con los sacerdotes publicitados por los medios de comunicación, la juventud y la niñez debe ser valorada a partir de esa importante y olvidada reflexión de Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como estos es el Reino de los cielos”.12

No es posible que la juventud y la niñez solo cumplan un rol pasivo dentro de la Iglesia, escuchando catequesis mal preparadas y que muchas veces ni si quiera entienden.13

Finalmente, es necesario modificar el espacio que ocupa la jerarquía y el clero dentro de la Iglesia. Es evidente que la relevancia del Vaticano, no es algo permanente, ya que la Iglesia no se inicia ahí, es un acontecimiento producto de la historia, y por lo tanto la jerarquía y el clero provienen de una determinación cultural. La jerarquía se consolida a través de disputas políticas imperiales, del poder para establecer a los obispos y al clero territorialmente y estableciendo los patrones ideológicos predominantes, fijando la autorización de evangelizar este, nuestro Nuevo Continente; han demostrado y siguen demostrando que su interés principal es conservar el estado permanente de las cosas, su más elevada cuota de poder dentro de la Iglesia, basándose en interpretaciones bastante cuestionables del Evangelio.

También es necesario que ellos se formen, por que no saben escuchar, ni a los laicos en general, ni en específico a las mujeres, a los jóvenes, a los niños14. Están tan atados a la comodidad del poder jerárquico que creen que cualquier cambio en ese plano es una herejía, cuando en realidad, lo menos cristiano que tiene la Iglesia hoy en día es precisamente la estructura jerárquica.

 

Quisiera terminar esta reflexión con una comparación final entre la Política y la Iglesia. Es necesario que algunas de las prácticas democráticas se incorporen a la vida interna de la Iglesia. Que se desarrollen formas específicas y permanentes para que los laicos participen del poder eclesial, sean escuchados en un plano de igualdad y respeto, que aumente su participación en los diversos aspectos de la liturgia, y disminuya radicalmente la diferencia con la jerarquía y el clero.

Es necesaria una Iglesia que viva la diferencia, la pluralidad, salga al encuentro de la voz de los sin voz dentro de la Iglesia. Es necesario que quienes dirijan a la Iglesia sean representativos de toda la Iglesia, no sólo de las tendencias conservadoras y no sólo de Europa. Con su pretensión de universalidad, el Papado termina no identificándose con ninguna experiencia concreta de la Iglesia, e intentando condenar la diferencia.

Es necesario limitar el poder oculto de la Curia, que decide por el Papa o por toda la Iglesia para mantener sus privilegios. Es necesario fomentar la formación teológica y bíblica de los laicos, para aumentar la igualdad social dentro de la Iglesia, ya que ahora, el pueblo preferido de la jerarquía, es el pueblo ignorante.

Un pueblo formado se puede transformar en la oposición constructiva que necesita la Iglesia de hoy. Un pueblo que conoce la Biblia y conoce el magisterio de la Iglesia, está en mejor pie para construir en Reino de Dios.

Ese es el otro espacio eclesial que termina olvidándose en esta discusión, el del Reino de Dios. ¿Cómo construir Reino con una jerarquía que no se preocupa por el prójimo? ¿Cómo construir Reino con unos laicos sin formación, que sólo tienen claro lo que constituye pecado, pero no cómo se manifiesta el Amor de Dios?

A partir de este malestar con la Iglesia es que tenemos que empezar a pensarla de nuevo, con una mayor fidelidad a lo esencial: el llamado de Jesucristo para construir la libertad.

 

  1. BIBLIOGRAFÍA

 

  • CODINA, Víctor. Para comprender la eclesiología desde América latina, Verbo Divino, Navarra, 1994.

  • COMBLIN, José. Cristianos rumbo al siglo XXI, San Pablo, Madrid, 1997.

  • LARRAÍN, Jorge. Identidad Chilena, LOM, Santiago, 2001.

  • LECHNER, Norbert. Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política, LOM, Santiago, 2002.

  • OTANO, Rafael. Crónica de la Transición, Planeta, Santiago, 1995.

  • PNUD. Informe PNUD 2002: Nosotros un desafío cultural, PNUD Chile, 2002.

  • STEPHENS, Alberto. Cristo te llama a construir el Reino. Catequesis vocacional, San Pablo, Santiago, 1983.

1 “Un 84,3 % de los jóvenes piensan que los partidos políticos no representan sus intereses. Un 77 % cree que los políticos no se preocupan de ellos, a un 88, 7 % no le interesa participar en ningún partido político. ” Tercer Encuesta Nacional del INJ 2000, citado por LARRAIN, J. Identidad Chilena, LOM, 2001, p. 223.

2 La misma encuesta: “50 % de los jóvenes considera que la democracia es una forma de gobierno como cualquier otra.” Id., p. 224.

3 Más específicamente, la reflexión que dentro del PNUD, ha realizado Norbert Lechner, respecto a la dimensión subjetiva de la política”. Vid.: LECHER, N. Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política, Lom, 2002.

4 Vid. OTANO, R. Crónica de la Transición, Planeta, 1995, pp. 277-291.

5 Ib., p. 291.

6 Cit. por Informe PNUD 2002: Nosotros un desafío cultural, PNUD Chile, 2002, p. 240.

7 Op. Cit., pp. 27, 28.

8 COMBLIN, J. Cristianos rumbo al siglo XXI. Nuevo camino de liberación, San Pablo, 1997, pp. 126-127.

9 Op. Cit., pp. 31-32.

10 Ocupo la expresión de Boff, en “¿Quién subvierte el Concilio, Leonardo Boff o el Cardenal Ratzinger?”, del sitio web, www. Koinonia.com

11 Op. Cit., p. 114.

12 Lc. 18, 16. Preciosa imagen de humildad, que no ha sido recordada por la teología. ¿Existe teología sobre la niñez, sobre la juventud? ¿Una visión teológica que los considere sujetos activos de salvación y no seres dependientes?

13 Tengo la impresión que la única utilidad que prestan los jóvenes y los niños a la Iglesia hoy en día es “hacer bulto”. Estamos bautizando, estamos preparándolos para la primera comunión, los estamos confirmando: el número de los católicos aumenta.

14 Es necesario reconocer en esos laicos, en esos mujeres, jóvenes y niños, también la enorme diferencia cultural que existe en la cristiandad. Desafío para el clero y la Iglesia que creo mayor todavía. Sería tema de otro ensayo.

 

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